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Oficio de lectura
Viernes XXVIII Ordinario.

IV semana

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant El Señor es bueno, bendecid su nombre.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y que hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulce mensajero,
qu´le hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

SALMODIA

Ant.1 Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me
turba la voz de enemigo.

- Salmo 54, 2-15. 17-24-
--I--

Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.

Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí calamidades
y me atacan con furia.

Se estremece mi corazón,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,

y pienso: "¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,

me pondría en seguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas."

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.1 Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me
turba la voz de enemigo.

Ant. 2 El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo
y adversario.

--II--

Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre las murallas;

en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.

Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él.

pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
juntos íbamos entre el bullicio
por la causa de Dios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo
y adversario.

Ant. 3 Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

--III--

Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
por la tarde, en la mañana, al mediodía,
que quejo gimiendo.

Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos contra mí.

Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.

Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.

Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás
que el justo caiga.

Tú, Dios mío, los hará bajar a ellos
a la fosa profunda.
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

VERSÍCULO

V. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría..
R. Presta oído a mi inteligencia.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías
7, 1-20

Palabra del Señor que recibió Jeremías:
«Ponte a la puerta del templo, y grita allí esta pala-
bra: "¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que en-
tráis por estas puertas para adorar al Señor! Así dice el
Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Enmendad vuestra
conducta y vuestras acciones, y habitaré con vosotros en
este lugar. No os creáis seguros con palabras engañosas,
repitiendo: 'Es el templo del Señor, el templo del Se-
ñor, el templo del Señor.' Si enmendáis vuestra con-
ducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente entre un
hombre y su prójimo, si no explotáis al forastero, al huér-
fano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en
este lugar, si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro
mal, entonces habitaré con vosotros en este lugar, en la
tierra que di a vuestros padres, desde hace tanto tiempo
y para siempre. Mirad: Vosotros os fiáis de palabras en-
gañosas que no sirven de nada. Vosotros robáis, matáis,
adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, se-
guís a dioses extranjeros y desconocidos, ¡y después en-
tráis a presentaros ante mí en este templo, que lleva mi
nombre, y os decís: 'Estamos salvos', para seguir come-
tiendo esas abominaciones! ¿Creéis acaso que es una
cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre?
Atención, que yo lo he visto —oráculo del Señor—.

Id a mi templo de Silo, donde hice habitar mi nom-
bre en otro tiempo, y mirad lo que hice con él, por la
maldad de Israel mi pueblo. Pues ahora, ya que habéis
cometido tales acciones —dice el Señor—, que os hablé
sin cesar y no me escuchasteis, que os llamé y rio me
respondisteis; por eso, con el templo que lleva mi nom-
bre, en el que confiáis, con el lugar que di a vuestros
padres y a vosotros, haré lo mismo que hice con Silo:
os arrojaré de mi presencia, como arrojé a vuestros
hermanos, la estirpe de Efraím."

Y tú no intercedas por este pueblo, no alces por ellos
súplicas ni clamores, porque no te escucharé. ¿No ves
lo que están haciendo en las ciudades de Judá, en las
calles de Jerusalén? Los hijos recogen leña, los padres
encienden fuego, las mujeres preparan la masa para
hacer tortas en honor de la Reina del cielo; y hacen liba-
ciones a dioses extranjeros, para irritarme. ¿Es a mí a
quien hieren, o más bien a sí mismos, para su confusión?
Por eso así dice el Señor: Mirad, mi ira y mi cólera se
derraman sobre este lugar, sobre el hombre y el ganado,
sobre el árbol del campo, sobre el fruto del suelo, ardien-
do sin cesar.»

Responsorio

R. ¿Creéis acaso que es una cueva de bandidos este
templo que lleva mi nombre? * Mi casa es casa de
oración y así la llamarán todos los pueblos.

V. No hagáis de la casa de mi Padre un mercado.

R. Mi casa es casa de oración y así la llamarán todos
los pueblos.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

Quien pide al Señor aquella sola cosa que hemos
mencionado, es decir, la vida dichosa de la gloria, y esa
sola cosa busca, éste pide con seguridad y pide con certe-
za, y no puede temer que algo le sea obstáculo para con-
seguir lo que pide, pues pide aquello sin lo cual de nada
le aprovecharía cualquiera otra cosa que hubiera pedido,
orando como conviene. Ésta es la única vida verdadera,
la única vida feliz: contemplar eternamente la belleza del
Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo
y del espíritu. En razón de esta sola cosa, nos son necesa-
rias todas las demás cosas; en razón de ella, pedimos
oportunamente las demás cosas. Quien posea esta vida
poseerá todo lo que desee y allí nada podrá desear que
no sea conveniente.

Allí está la fuente de la vida, cuya sed debemos avivar
en la oración mientras vivimos aún de esperanza. Pues
ahora vivimos sin ver lo que esperamos, seguros a la som-
bra de las alas de aquel ante cuya presencia están todas
nuestras ansias; pero tenemos la certeza de nutrirnos un
día de lo sabroso de su casa y de beber del torrente de
sus delicias, porque en él está la -fuente viva y su luz nos
hará ver la luz; aquel día en el cual todos nuestros deseos
quedarán saciados con sus bienes y ya nada tendremos
que pedir gimiendo, pues todo lo poseeremos gozando.

Pero como esta única cosa que pedimos consiste en
aquella paz que sobrepasa toda inteligencia, incluso cuan-
do en la oración pedimos esta paz hemos de decir que no
sabemos pedir lo que nos conviene. Porque no podemos
imaginar cómo sea esta paz en sí misma y, por tanto, no
sabemos pedir lo que nos conviene. Cuando se nos pre-
senta al pensamiento alguna imagen de ella, la rechaza-
mos, la reprobamos, reconocemos que está lejos de la
realidad, aunque continuamos ignorando lo que busca-
mos.

Pero hay en nosotros, para decirlo de algún modo, una
docta ignorancia; docta, sin duda, por el Espíritu de Dios,
que viene en ayuda de nuestra debilidad. En efecto, dice
el Apóstol: Si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos

con anhelo y constancia. Y añade a continuación: El Es-
píritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque noso-
tros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíri-
tu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y aquel que escudriña los corazones sabe cómo son los
deseos del Espíritu, es decir, que su intercesión en -favor
de los fieles es según el querer de Dios.

No hemos de entender estas palabras como si dijeran
que el Espíritu de Dios, que en la Trinidad divina es Dios
inmutable y un solo Dios con el Padre y el Hijo, orase a
Dios como alguien distinto de Dios, intercediendo por los
santos; si el texto dice que el Espíritu intercede en favor
de los fieles es para significar que incita a los fieles a in-
terceder, del mismo modo que también se dice: Os tienta
el Señor vuestro Dios para ver si lo amáis, es decir, para
que vosqtros conozcáis si lo amáis. El Espíritu, pues, in-
cita a los fieles a que intercedan con gemidos inefables,
inspirándoles el deseo de aquella realidad tan sublime'
que aún no conocemos, pero que esperamos ya con pa-
ciencia. Pero ¿cómo se puede hablar cuando se desea lo
que ignoramos? Ciertamente que si lo ignoráramos del
todo no lo desearíamos; pero, por otro lado, si ya lo vié-
ramos no lo desearíamos ni lo pediríamos con gemidos
inefables.

Responsorio

R. Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene,
pero * el Espíritu mismo intercede por nosotros con
gemidos inefables.

V. En aquel día —dice el Señor— derramaré sobre la
casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén
un espíritu de gracia y de oración.

R. El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemi-
dos inefables.

ORACIÓN.

Oremos:
Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos
preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos
a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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