1 de junio
Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II
en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria,
de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió pro-
fusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conser-
van de él dos "Apologías" y el "Diálogo con Trifón". Abrió
una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas.
Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos
de Marco Aurelio, hacia el año 165.
Daniel +
1972-2001
INVITATORIO
V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Ant Entremos en la presencia del Señor dándole gracias.
HIMNO
Dios de la tierra y del cielo,
que por dejarlas más clara,
las grandes aguas separas,
pones límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
SALMODIA
Ant. 1 Sálvame, Señor, por tu misericordia.
- Salmo 6 -
Señor, no me corrijas con tu ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuando?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tanta contradicciones.
Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 1 Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Ant. 2 El Señor es el refugio del oprimido en los
momentos de peligro.
Salmo 9A
--I--
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él jusgará el orbe con justicia
y regirá los pueblos con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confían en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 2 El Señor es el refugio del oprimido en los
momentos de peligro.
Ant. 3 Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.
-II -
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda,
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza de humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infundeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 3 Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.
VERSÍCULO
V. Enséñame a cumplir tu voluntad.
R. Y a guardarla de todo corazón.
PRIMERA LECTURA
De la carta a los Calatas
1, 13—2, 10
Hermanos: Habéis oído hablar de cómo me portaba
yo en otro tiempo en el judaismo: cómo perseguía en-
carnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba; có-
mo, en el celo por el judaismo, iba más allá que mu-
chos compatriotas de mi edad y me mostraba celoso
partidario de las tradiciones paternas.
Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi
madre me llamó por su gracia y tuvo a bien revelarme
a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles, en se-
guida, sin pedir consejo a hombre alguno y sin subir a
Jerusalén para hablar con los que eran apóstoles antes
que yo, partí hacia Arabia, de donde luego volví a Da-
masco. Tres años más tarde, subí a Jerusalén a visitar
a Cefas, y estuve con él quince días. No vi a ninguno
otro de los apóstoles, fuera de Santiago, el hermano
del Señor. Por el Dios que me está viendo, que no mien-
to en lo que os escribo.
Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia,
pero las Iglesias de Judea, que están en Cristo, no me
conocían personalmente. Sólo oían decir: «El que an-
taño nos perseguía ahora va anunciando la Buena Nue-
va de la fe, que en otro tiempo quería destruir.» Y glo-
rificaban a Dios, reconociendo su obra en mí.
Luego, al cabo de catorce años, subí otra vez a Jeru-
salén con Bernabé, llevando también a Tito. Y subí por
motivo de una revelación. Les expuse el Evangelio que
predico entre los gentiles y traté en particular con los
más calificados, no fuera a ser que hubiese corrido en
vano.
Pues bien, ni siquiera a Tito, mi compañero, con
todo y que era griego, lo obligaron a circuncidarse.
Y esto a pesar de los intrusos, de los falsos hermanos,
que solapadamente se habían infiltrado, para espiar ar-
teramente la libertad de que gozamos en Cristo Jesús,
y qué querían esclavizarnos. Pero nosotros ni por un
momento cedimos terreno para someternos a ellos, a
fin de salvaguardar firmemente para vosotros la verdad
del Evangelio.
Las personas de más consideración —nada me inte-
resa lo que hubieran sido antes, pues en Dios no hay
acepción de personas— no me impusieron ninguna nue-
va obligación.
Al contrario, reconocieron que yo había recibido la
misión de predicar el Evangelio a los gentiles, como
Pedro la de predicarlo a los judíos; porque aquel que
dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los
judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles.
De este modo reconocieron que Dios me había dado esa
gracia. Y Santiago, Cefas y Juan, los considerados como
columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal
de comunión y conformidad: nosotros nos dirigiríamos
a los gentiles, ellos a los judíos. Sólo nos pidieron que
nos acordásemos de los pobres, cosa que he procurado
yo cumplir con toda solicitud.
Responsorio
R. Por la gracia de Dios, soy lo que soy; * y la gracia
que él me concedió no quedó infecunda en mí, y
permanece siempre en mí.
V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el aposto-
lado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo
entre los gentiles.
R. Y la gracia que él me concedió no quedó infecunda
en mí, y permanece siempre en mí.
SEGUNDA LECTURA
De las Actas del martirio de los santos Justino y com-
pañeros
Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron
conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústi-
co. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rús-
tico dijo a Justino:
«Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obede-
ce a los emperadores.»
Justino respondió:
«No es motivo de acusación ni de detención el hecho
de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador
Jesucristo.»
Rústico dijo:
«¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?»
Respondió Justino:
«Yo me he esforzado en conocer toda clase de ense-
ñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de
los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que vi-
ven en el error.»
El prefecto Rústico dijo:
«¿Y tú las apruebas, miserable?»
Respondió Justino:
«Así es, ya que las sigo según sus rectos principios.»
Dijo el prefecto Rústico:
«¿Y cuáles son estos principios?»
Justino respondió:
«Que damos culto al Dios de los cristianos, al que
consideramos como el único creador desde el principio
y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invi-
sible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los
profetas que vendría como mensajero de salvación al
género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo,
que no soy más que un mero hombre, sé que mis pala-
bras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero
admito el valor de las profecías que atestiguan que éste,
al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque
sé que los profetas hablaban por inspiración divina al
vaticinar su venida a los hombres.»
Rústico dijo:
«Luego, ¿eres cristiano?»
Justino respondió:
«Así es, soy cristiano.»
El prefecto dijo a Justino:
«Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar
en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado,
¿estás persuadido de que subirás al cielo?»
Justino respondió:
«Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales co-
sas, pues sé que, a todos los que hayan vivido recta-
mente, les está reservado el don de Dios para el fin del
mundo.»
El prefecto Rústico dijo:
«Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para
recibir un cierto premio merecido.»
Justino respondió:
«No lo supongo, lo sé con certeza.»
El prefecto Rústico dijo:
«Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora
interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los
dioses.»
Justino dijo:
«Nadie que piense rectamente abandonará la piedad
para caer en la impiedad.»
El prefecto Rústico dijo:
«Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormenta-
dos sin piedad.»
Justino respondió:
«Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los
tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesu-
cristo, ya que ello será para nosotros motivo de salva-
ción y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor
y Salvador, que será universal y más temible que éste.»
Los otros mártires dijeron asimismo:
«Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrifica-
mos a los ídolos.»
El prefecto Rústico pronunció ía sentencia, diciendo:
«Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obe-
decer las órdenes del emperador, serán flagelados y de-
capitados en castigo de su delito y a tenor de lo esta-
blecido por la ley.»
Los santos mártires salieron, glorificando a Dios,
hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados,
coronando así el testimonio de su fe en el Salvador.
Responsorio
R. No he ahorrado medio alguno al insistiros a creer
en nuestro Señor Jesús; * a mí no me importa la
vida; lo que me importa es completar mi carrera,
y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser
testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.
V. No me avergüenzo del Evangelio; es, en verdad, po-
der de Dios para salvación de todo el que crea, pri-
mero de los judíos y luego de los gentiles.
R. A mí no me importa la vida; lo que me importa es
completar mi carrera, y cumplir el encargo que me
dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que
es la gracia de Dios.
ORACIÓN.
Oremos:
Dios nuestro, que enseñaste a san Justino a descu-
brir en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de
Jesucristo, concédenos, por intercesión de este már-
tir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de
mantenernos siempre firmes en la fe. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo.
CONCLUSIÓN.
V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.
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