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Oficio de lectura
Martes XXXII Ordinario

IV Semana

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Al Señor, al Dios grande, venid adorémosle.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
no tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.

SALMODIA

Ant. 1 Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas
tu rostro.

- Salmo 101 -
--I--

Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia .
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame en seguida.

Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas
tu rostro.

Ant. 2 Escucha, Señor, la súplica de los indefensos.

--II--

Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas:
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor recontruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Escucha, Señor, la súplica de los indefensos.

Ant. 3 Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es
obra de tus manos.

--III--

Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;

y yo diré: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días."

Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es la obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es
obra de tus manos.

VERSÍCULO

V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza.
R. Inclina tu oído a las palabras de mi boca.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel
8, 1-6. 16—9, 11

El año sexto, el día cinco del mes sexto, estaba yo
sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban senta-
dos frente a mí, cuando se posó sobre mí la mano del
Señor. Vi una figura que parecía un hombre: desde lo
que parecía ser su cintura para abajo, era de fuego; de su
cintura para arriba, era algo así como un resplandor,
semejante al fulgor del electro. Alargó algo así como una
mano y me tomó por los cabellos; el espíritu me levantó
en vilo y me llevó en éxtasis entre el cielo y la tierra a
Jerusalén, junto a la puerta septentrional del atrio inte-
rior, donde estaba la estatua rival.

Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la había
contemplado en la llanura. Me dijo:

«Hijo de hombre, dirige la vista hacia el norte.»

Dirigí la vista hacia el norte y vi al norte de la puerta
del altar la estatua rival, la que está a la entrada. Aña-
dió:

«Hijo de hombre, ¿no ves lo que están haciendo? Gra-
ves abominaciones comete aquí la casa de Israel, para
que me aleje de mi santuario. Pero aún verás abomina-
ciones mayores.»

Después me llevó al atrio interior de la casa del Señor.
A la entrada del templo del Señor, entre el atrio y el altar,
había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo y
mirando hacia el oriente: estaban adorando al sol. Me
dijo:

«¿No ves, hijo de hombre? ¡Le parecen poco a la casa
de Judá las abominaciones que aquí cometen, y colman
al país de violencias, indignándome más y más! Pues tam-
bién yo actuaré con cólera, no me apiadaré ni perdonaré;
me invocarán a voz en grito, pero no los escucharé.»

Entonces lo oí llamar en voz alta:

«Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada
uno su arma mortal.»

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de
la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando ma-
zas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con
los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvie-
ron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel
se había levantado de los querubines en que se apoyaba,
yendo a posarse en el umbral del templo. Llamó al hom-
bre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintu-
ra, y le dijo el Señor:

«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la
frente a los que gimen afligidos por las abominaciones
que en ella se cometen.»

A los otros les dijo en mi presencia:

«Recorred la ciudad detrás de él, golpead sin compa-
sión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños
y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno
de los marcados toquéis. Empezad por mi santuario.»

Y empezaron por los ancianos que estaban frente al
templo. Luego les dijo:

«Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres,
y salid a matar por la ciudad.»

Sólo yo quedé con vida. Mientras ellos mataban, caí
rostro en tierra y grité:

«¡Ay Señor! ¿Vas a exterminar al resto de Israel, de-
rramando tu cólera sobre Jerusalén?»

Me respondió:

«Grande, muy grande es el delito de la casa de Israel y
de Judá; el país está lleno de crímenes, la ciudad colma-
da de injusticias; porque dicen: "El Señor ha abandona-
do el país, no lo ve el Señor." Pues tampoco yo me apia-
daré ni perdonaré; doy a cada uno su merecido.»

Entonces el hombre vestido de lino, con los avíos de
escribano a la cintura, informó, diciendo:

«He cumplido lo que me ordenaste.»

Responsorio

R. Cuando veáis en el lugar santo lo que el profeta Da-
niel anuncia como «horrenda profanación del devas-
tador», sobrevendrá una tribulación tan espantosa
que, si no se abreviasen aquellos días, nadie se salva-
ría. * Pero se abreviarán los días aquellos en atención
a los escogidos.

V. No hagáis daño a la tierra ni al mar, hasta que no
hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios.

R. Pero se abreviarán los días aquellos en atención a los
escogidos.

SEGUNDA LECTURA

De la Homilía de un autor del siglo segundo

Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo.
Somos, en efecto, como el barro en manos del artífice.
De la misma manera que el alfarero puede componer
de nuevo la vasija que está modelando, si le queda de-
forme o se le rompe, cuando todavía está en sus ma-
nos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su
forma cuando la ha puesto ya en el horno, así también
nosotros, mientras estamos en este mundo, tenemos
tiempo de hacer penitencia y debemos arrepentimos
con todo nuestro corazón de los pecados que hemos co-
metido mientras vivimos en nuestra carne mortal, a fin
de ser salvados por el Señor.

Una vez que hayamos salido de este mundo, en la
eternidad, ya no podremos confesar nuestras faltas ni
hacer penitencia. Por ello, hermanos, cumplamos la vo-
luntad del Padre, guardemos casto nuestro cuerpo, ob-
servemos los mandamientos de Dios, y así alcanzaremos
la vida eterna. Dice, en efecto, el Señor en el Evangelio:
Si no habéis sido fieles en lo poco, ¿quién os confiará
lo mucho? Porque os aseguro que quien es fiel en lo
poco es también fiel en lo mucho. Esto es lo mismo que
decir: «Guardad puro vuestro cuerpo e incontaminado
el sello de vuestro bautismo, para que seáis dignos de la
vida eterna.»

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no
será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario,
que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que
habéis sido salvados y habéis recibido la visión. Por ello
debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de
un templo de Dios. Pues de la misma manera que habéis
sido llamados en esta carne, también en esta carne sal-
dréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo el Señor,
el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso
hacerse carne para podernos llamar, también nosotros
por medio de nuestra carrie recibiremos la recompensa.
Arriémonos, pues, mutuamente a fin de que podamos
llegar todos al reino de Dios. Mientras tenemos tiempo
de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para
que él, como nuestro médico, nos sane; y demos los
honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honora-
rios? El arrepentimiento de un corazón sincero. Porque
él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el
secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras
alabanzas no solamente con nuestros labios, sino tam-
bién con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja
como hijos. Pues el Señor dijo: Quien cumple Ja volun-
tad de mi Padre será mi hermano.

Responsorio

R. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado
y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo;
* pues yo no me complazco en la muerte de nadie
—oráculo del Señor—; arrepentios y viviréis.

V. Dios os aguarda pacientemente, porque no quiere
que nadie perezca, sino que todos vengáis a arre-
pentiros.

R. Pues yo no me complazco en la muerte de nadie
—oráculo del Señor—; arrepentios y viviréis.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios omnipotente y misericordioso, aparta de noso-
tros todos los males, para que, con el alma y el cuerpo
bien dispuestos, podamos libremente cumplir tu volun-
tad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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