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Oficio de lectura
San José,
esposo de santa María Virgen.
Solemnidad

Martha de Jesús+
1941-2008

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Adoremos a Cristo, el Señor, en esta solemnidad de
san José.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Custodio providente y fiel del Hijo,
amor junto al Amor doquier presente,
silencio del que ve la gloria inmensa
de Dios omnipotente.

Esposo enamorado de la Virgen,
la mente ante el misterio reclinabas,
rosal inmaculado que florece,
es obra del Señor a quien amabas.

Callada voluntad en Dios perdida,
amor hecho mirada de confianza,
fiel en el trabajo y en la prueba,
proveenos de amor y de esperanza.

Protege la asamblea de los justos,
reunidos en la fe, cuerpo de Cristo;
sé padre que nos lleve a nuetro Padre,
amor del gran Amor que nos da el Hijo. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 Un ángel del Señor se apareció en sueños a José,
y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María
como esposa; dará a luz un Hijo y le llamarás Jesús."

- Salmo 20, 2-8. 14 -

Señor, el rey se alegra por tu fuerza,
¡y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida, y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama,
lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia;
porque el rey confía en el Señor
y con la gracia del Altísimo no fracasará.

Levántate, Señor, con tu fuerza,
y al son de intrumentos cantaremos tu poder.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Un ángel del Señor se apareció en sueños a José,
y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María
como esposa; dará a luz un Hijo y le llamarás Jesús."

Ant. 2 Al despertar José del sueño, hizo como le había
ordenado el ángel del Señor y llevó a María como esposa
a su casa.

Salmo 91
--I--

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Al despertar José del sueño, hizo como le había
ordenado el ángel del Señor y llevó a María como esposa
a su casa.

Ant. 3 José subió de la ciudad de Nazaret a la ciudad
de David que se llama Belén, para empadronarse con
María.

--II--

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das las fuerzas de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos no temerán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como palmera,
y se alzará como cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 José subió de la ciudad de Nazaret a la ciudad
de David que se llama Belén, para empadronarse con
María.

VERSÍCULO

V. El justo floreserá como un lirio.
R. Y se alegrará eternamente ante el Señor.

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Hebreos.
11, 1-16

Hermanos: La fe es la firme seguridad de los bienes
que se esperan, la plena convicción de las realidades que
no se ven. A causa de ella fueron alabados nuestros ma-
yores. Por la fe sabemos que el universo fue formado
por la palabra de Dios, de modo que lo visible ha tenido
su origen en una causa invisible.

Por la fe ofreció Abel a Dios un sacrificio más exce-
lente que el de Caín; por ella fue proclamado justo,
dando Dios mismo testimonio a favor de sus ofrendas,
y por la fe continúa hablando aún después de su muerte.

Por la fe fue transladado Henoc sin experimentar la
muerte: "No fue hallado más, porque Dios se lo llevó."
Pero antes de ser transladado se da testimonio en su fa-
vor de que "había sido grato a Dios". Ahora bien, sin la
fe es imposible agradar a Dios, pues el que se acerca a
Dios debe creer que existe y que es remunerador de
los que lo buscan.

Por la fe, movido de religoso temor, Noé fabricó el
arca para salvar a su familia, advertido por Dios de lo
que aún no se veía venir; e, igualmente por la fe, con-
dená al mundo y se hizo heredero de la justificación que
se alcanza por la fe.

Por la fe obedeció Abraham al ser llamado por Dios,
saliendo hacia la tierra que había de recibir en heren-
cia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe peregrinó
por la tierra prometida, como en tierra extraña, habi-
tando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de las
mismas promesas, pues esperaba entrar en esa ciudad
de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es
el mismo Dios.

Por la fe la misma Sara, a pesar de su avanzada edad,
recibió el poder de ser madre, pues tuvo fe en aquel que
se lo había prometido. Y, por esto mismo, de un solo
hombre, ya incapaz de transmitir vida, nacieron hi-
jos, "numerosos como las estrellas del cielo, incontables
como las arenas del mar".

En la fe murieron todos ellos, sin haber alcanzado la
realización de las promesas, pero las vieron desde lejos
y las saludaron, reconociendo que eran "forasteros y
peregrinos sobre la tierra". En verdad que quienes así
se expresan dan a entender claramente que van en busca
de una patria, pues, si hubiesen pensado en aquella de
la que había salido, ocasiones tuvieron para volver a
ella. Pero ellos aspiraban a una patria mejor, es decir,
a la celestial. Por eso Dios no se desdeña de llamarse
su Dios, pues le tenía ya preparada una ciudad.

Responsorio

R. No lo hizo vacilar la incredulidad ante la promesa
de Dios, sino que fortalecido por la fe, dio gloria
a Dios; por lo cual Dios se lo tomó como justifi-
cación.

V. La fe cooperaba con sus obras, y por sus obras su
fe alcanzó la plenitud.

R. Por lo cual Dios se lo tomó como justificación.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero.

Es norma general de todas las gracias especiales co-
municadas a cualquier creatura racional que, cuando la
gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o
algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que
son necesarios a aquella persona así elegida, y que la
adornan con profusión.

Ello se realizó de un modo eminente en la persona de
san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor
Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del
mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el
Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más
preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa;
cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el
Señor le dice: Bien siervo bueno y fiel, pasa al banquete
de tu Señor.

Si miramos la relación que tiene José con toda la
Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por
el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mun-
do de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la
Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por
medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le
debe a san José, después de ella, una especial gratitud
y reverencia.

Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que
en él la dignidad patrialcal y profética alcanza el fruto
prometido. Además, él es el único que poseyó corporal-
mente lo que la condescendencia divina había prome-
tido a los patriarcas y a los profetas.

Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella
misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que
Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra,
como un hijo con su padre, no se la ha negado en el
cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.

Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al ban-
quete de tu Señor.
Pues, aunque el gozo festivo de la
felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Se-
ñor profirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar
de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se
halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por to-
das partes, y que está sumergido en él como en un
abismo profundo.

Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e
intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también
que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu es-
posa, que es madre de aque que con el Padre y el Es-
píritu Santo vive y reina por los siglos infinitos. Amén.

Responsorio

R. Dios me contituyó como padre del rey y como se-
ñor de toda su casa; me elevó para hacer llegar
la salvación a muchos pueblos.

V. El Señor ha sido el auxilio y refugio que me ha
salvado.

R. Me elevó para hacer llegar la salvación a muchos
pueblos.

HIMNO FINAL

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios todopoderoso, que, en los albores del nuevo
Testamento, encomendaste a san José los misterios
de nuestra salvación, haz que ahora tu Iglesia, soste-
nida por la intercesión del esposo de María, lleve a
su pleno cumplimieto la obra de la salvación de los
hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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