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Oficio de lectura
SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
Virgen y Doctora de la Iglesia

1 de octubre

Nació en Aleçon (Francia), el año 1873. Siendo aún muy
joven, ingresó en el monasterio de carmelitas de Lisieux,
ejercitándose, sobre todo en la humildad, la sencillez evangéli-
ca y la confianza en Dios, virtudes que se esforzó en inculcar,
de palabra y de obra, en las novicias. Murió el díaa 30 de sep-
tiembre del año 1897, ofreciendo su vida por la salvación de
las almas y por el incremento de la Iglesia. Por la secillez
y claridad de sus escritos, y la sabiduría de su doctrina el
papa Juan Pablo II la nombró Doctora de la Iglesia universal
el 19 de octubre de 1997.

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Demos vítores al Señor, aclamándolo con cantos.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

En el principio, tu Palabra,
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.

Desde tu Seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

- Salmo 30, 2-17, 20-25 -
--I--

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborrecea a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Ant. 2 Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

--II--

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: "Tú eres mi Dios."
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Ant. 3 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios
de misericordia.

--III--

¡Que bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:
"Me has arrojado de tu vista";
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios
de misericordia.

VERSÍCULO

V. Enséñame, Señor, a caminar con lealtad.
R. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

PRIMERA LECTURA

Del libro de Judit
5, 1-25

En aquellos días, a Holofernes, generalísimo del ejér-
cito asirio, le llegó el aviso de que los israelitas se esta-
ban preparando para la guerra: habían cerrado los puer-
tos de la sierra, habían fortificado las cumbres de los
montes más altos y llenado de obstáculos las llanuras.
Holofernes montó en cólera. Convocó a todos los jefes
moabitas, a los generales amonitas y a todos los gober-
nadores del litoral, y les habló así:

«Cananeos: decidme qué gente es ésa de la sierra,
qué ciudades tienen, con qué fuerzas cuentan y en qué
basan su poder y su fuerza, qué rey les gobierna y man-
da su ejército, y por qué no se han dignado venir a mi
encuentro, a diferencia de lo que han hecho todos los
pueblos de occidente.»

Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió:

«Escucha, alteza, lo que dice tu siervo. Te diré la
verdad sobre ese pueblo que vive en la sierra, ahí cerca.
Tu siervo no mentirá. Esa gente desciende de los caldeos.
Al principió, estuvieron en Mesopotamia, por no querer
seguir a los dioses de sus antepasados que residían en
Caldea. Abandonaron la religión de sus padres y adora-
ron al Dios del cielo, al que ellos reconocían por Dios;
pero los caldeos los expulsaron de la presencia de sus
dioses, y tuvieron que huir a Mesopotamia. AHÍ residie-
ron mucho tiempo; pero su Dios les mandó Salir de allí
y marchar al país de Canaán, donde se establecieron y
abundaron en oro, plata y muchísimo ganado.

Después, bajaron a Egipto a causa de un hambre que
se abatió sobre el país de Canaán, y allí se estuvieron
mientras encontraron alimento. Allí crecieron mucho,
hasta ser un pueblo innumerable. Pero el rey de Egipto
la emprendió contra ellos y los explotó en el trabajo de
las tejeras, humillándolos y esclavizándolos. Ellos grita-
ron a su Dios, y él castigó a todo el país de Egipto con
plagas incurables; así, los egipcios los expulsaron de su
presencia. Dios secó ante Bellos el mar Rojo y los con-
dujo por el camino del Sinaí y de Cades Harnea. Expul-
saron a todos los moradores de la estepa, se asentaron
en el país amorreo y exterminaron por la fuerza a todos
los de Jesebón. Luego, pasaron el Jordán y tomaron po-
sesión de toda la sierra, después de expulsar a los cana-
neos, fereceos, jebuseos, a los de Siquem y a todos los
guirgaseos; y residieron allí mucho tiempo.

" Mientras no pecaron contra su Dios, prosperaron,
porque estaba con ellos un Dios que odia la injusticia.
Pero, cuando se apartaron del camino que les había se-
ñalado, fueron destrozados con muchas guerras y depor-
tados a un país extranjero; el templo de su Dios fue
arrasado, y sus ciudades conquistadas por el enemigo.
Pero ahora se han convertido a su Dios; han vuelto de
la dispersión, han ocupado Jerusalén, donde está su tem-
plo, y repoblado la sierra que había quedado desierta.
Así que, alteza, si esa gente se ha desviado pecando
contra su Dios, comprobemos esa caída y subamos a
luchar contra ellos. Pero, si no han pecado, déjalos, no
sea que su Dios y Señor los proteja y quedemos mal ante
todo el mundo.»

Responsorio

R. No hubo quien hiciese daño al pueblo de Israel, sino
cuando él se desvió del culto del Señor, su Dios;
mientras no pecaron, prosperaron, * porque estaba
con ellos un PÍOS que pdia la injusticia.

V. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos es-
cuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los
malhechores.

R. Porque estaba con ellos un Dios que odia la injus-
ticia.

SEGUNDA LECTURA

De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño
Jesús, virgen, escrita por ella misma

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las
cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta.
Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y
trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero
de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo
apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de
diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo
tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente,
pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme
la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta
consoladora exhortación: Aspirad a los dones más exce-
lentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho
mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayo-
res dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma
caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un
modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me
había reconocido a mí misma en ninguno de los miem-
bros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba
era más bien verme en todos ellos. En la caridad des-
cubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia
tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miem-
bros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario
y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón
y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que
sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros
de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles
anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían
su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el
amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo
es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una
palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:

«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi voca-
ción: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio
lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has se-
ñalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi
madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y
mi deseo se verá colmado.»

Responsorio

R. Te adelantaste, Señor, a bendecirme con tu amor,
el cual fue creciendo conmigo desde mi infancia;
* y aun ahora no alcanzo a comprender la profun-
didad de tu amor.

V. ¡Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus
fieles!

R. Y aun ahora no alcanzo a comprender la profundidad
de tu amor.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios y Padre nuestro, que abres las puertas de tu rei-
no a los pequeños y a los humildes, haz que sigamos
confiadamente el camino de sencillez que siguió santa
Teresa del Niño Jesús, para que, por su intercesión, tam-
bién nosotros lleguemos a descubrir aquella gloria que
permanece escondida a los sabios y a los prudentes se-
gún el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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