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Oficio de lectura
Sábado XXIII Ordinario
NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES
Memoria

15 de septiembre

Martha de Jesús+
1941-2008

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Del Señor es la tierra y cuanto la llena;
venid adorémosle.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Señor, tú me llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.

Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.

Señor, tu que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

SALMODIA

Ant.1 Dad gracias al Señor por su misericordia, por
las maravillas que hace con los hombres.

- Salmo 106-
--I--

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arranco de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada,
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despresiado el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.1 Dad gracias al Señor por su misericordia, por
las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2 Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

--II--

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
su vida se marchitaba por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como ebrios,
y nos les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bananza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant. 3 Los rectos lo ven y se alegran y comprenden
la misericordia del Señor.

--III--

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
Él que sea sabio que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Los rectos lo ven y se alegran y comprenden
la misericordia del Señor.

VERSÍCULO

V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes.
R. Tus sentencias son como el océano inmenso.

PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol san Judas
1-8. 12-13. 17-25

Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a
los amados por Dios Padre y custodiados como posesión
de Jesucristo, que han sido convocados: que Dios os con-
ceda participar cada vez más de su misericordia, de su
paz y de su amor.

Queridos hermanos, tenía sumo interés en escribiros
acerca de la salvación que nos concierne a todos; y ahora
me veo obligado a hacerlo. Quiero daros alientos para
que sigáis luchando por conservar intacta la fe, esta fe
que ha sido transmitida de una vez para siempre a los
fieles. Es el caso que entre vosotros se han introducido
solapadamente algunos a quienes ya desde hace tiempo
tiene señalados la Escritura para recibir esta sentencia.
Son hombres impíos que convierten en libertinaje la gra-
cia de nuestro Dios y niegan al único Dueño y Señor
nuestro, Jesucristo.

Quiero recordaros, aunque ya sabéis perfectamente
todo esto, que el Señor, después de haber salvado de
Egipto a su pueblo, hizo luego perecer a los que no tu-
vieron fe; que castigó a los ángeles que no conservaron
su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, y
envolviéndolos en tinieblas y reduciéndolos a eterna pri-
sión los tiene reservados para el juicio del gran día; y
que Sodoma y Gomorra y las ciudades circunvecinas, que
como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferen-
te, quedaron para escarmiento, sufriendo el castigo de
un fuego eterno.

A pesar de ello, también estos alucinados manchan
como ellos su cuerpo, rechazan el señorío de Cristo e
insultan a los seres gloriosos. Son ellos deshonra de vues-
tros ágapes, en los cuales banquetean desvergonzadamen-
te, apacentándose a sí mismos. Son nubes sin agua que el
viento arrastra, árboles de final de otoño que no tienen
fruto y están completamente secos y sin raíces, olas fu-
riosas del mar que arrojan la espuma de su torpeza, es-
trellas fugaces para las que está reservada la oscuridad
de las tinieblas para siempre.

Pero vosotros, carísimos, acordaos de las palabras di-
chas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos
os repetían: «En los últimos tiempos vendrán hombres
sarcásticos que vivirán al capricho de sus pasiones en
todo género de impiedad.» Éstos son los que introducen
discordias y no tienen otras miras que las terrenas, pues
no poseen el espíritu de Dios. Pero vosotros, queridos
hermanos, seguid edificándoos sobre el santísimo edificio
de vuestra fe, continuad orando en el Espíritu Santo
y conservaos en la caridad de Dios, esperando la miseri-
cordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
A los que vacilan, tratad de convencerlos; a otros, sal-
vadlos, arrancándolos del fuego; a otros, en fin, mostrad-
les misericordia, pero con cautela, teniendo aversión aun
a la túnica contaminada por su cuerpo.

A aquel que puede guardaros inmunes de pecado y ha-
ceros comparecer sin mancha y con verdadero júbilo ante
su gloria, al único Dios, salvador nuestro por medio de
Jesucristo nuestro Señor, la gloria, la majestad, el impe-
rio y el poder, desde antes de los siglos, ahora y por
siempre jamás. Amén.

Responsorio

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo,
vivamos con sensatez, justicia y religiosidad en esta
vida; * aguardando la feliz esperanza y la manifesta-
ción de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo.

V. Miremos los unos por los otros, para estimularnos
a la caridad y a las buenas obras.

R. Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de
la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Bernardo, abad

Señor. Éste —dice el santo anciano, refiriéndose al niño
Jesús— está predestinado por Dios para ser signo de con-
tradicción; tu misma alma —añade, dirigiéndose a Ma-
ría— quedará atravesada por una espada.

En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada.
Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la
carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, des-
pués que aquel Jesús —que es de todos, pero que es tuyo
de un modo especialísimo— hubo expirado, la cruel espa-
da que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de
muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó
a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma
de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser
arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor
atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos
más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión
superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aque-
llas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y
penetraron hasta la separación del alma y del espíritu:
Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega
a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución
del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de
Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre
en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de
atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando
aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se
parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada
mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde ha-
ber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los
gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las en-
trañas de María, y nada más lejos debe estar de sus hu-
mildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que
su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que
no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco
tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello,
sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia.
Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de
dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la
compasión de María que de la pasión del Hijo de María?
Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su co-
razón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor su-
perior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta
otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no
tiene semejante.

Responsorio

R. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, crucifica-
ron ahí a Jesús. * Estaba su madre junto a la cruz.

V. Entonces quedó su alma atravesada por una espada
de dolor.

R. Estaba su madre junto a la cruz.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios nuestro, que quisiste que la Madre de tu Hijo
estuviera a su lado junto a la cruz, participando en
sus sufrimientos, concede a tu Iglesia que, asociada
con María a la pasión de Cristo, merezca también
participar en su gloriosa resurrección. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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